La Prisión

El puñetero ojo de la cerradura seguía cerrado y mirándome socarrón.. Había estado hurgando aquella cosa durante horas. Se me habían acalambrado los hombros, me dolían los brazos y sangraban los dedos de jugar a contorsionista ruso. No podía más. Iba a morir allí, de eso estaba segura. Mi lucha contra aquel cíclope guardián me había distraído de semejante certeza, pero a estas alturas era innegable. Ojalá pudiera, como Ulises, apuñalar a la bestia que me retenía. Sin otra cosa ya que pudiera hacer, me asomé por la mirilla. Fue como contemplar un abismo. Lo que allí encontré fue otro ojo asomado que también me observaba.